LOS LIBROS, LOS AUTORES, LA LECTURA Y LOS LECTORES, Simón Petit

Leer, definitivamente, es un placer. Esta frase ha sido repetida no sé cuántas veces por no sé cuántos autores y también lectores. Cuando muchos pensaban que el libro físico desaparecería para dar paso al ebook o libro digital, el incremento de publicaciones impresas en el mundo ha sido genialmente bestial.

Ese libro físico sigue siendo imprescindible ante la arrolladora tecnología, ya que no depende de batería alguna o de la electricidad para extasiarse en ese acto tan individual como la lectura.
Por supuesto, y como todo lo que se fabrica en serie y en grandes cantidades para las masas, ello tiene sus consecuencias. En este caso, la industria editorial tiene algunos detalles y defectos con algunos de esos productos literarios. Hay que hacer la salvedad que no todo lo que se publica es de la calidad que como lectores nos merecemos. Y ante ese volumen de producción, muchas veces el lector se decide por lo que más se promociona, el boom de la temporada y el best-seller del día. Lo cual hace más difícil la tarea del escritor de oficio para llegar al público lector, porque para esa industria editorial, el concepto de cosificar al lector, llega a la conclusión que mientras más ligera y comercial sea la obra, más se vende y mayores dividendos rinde a las partes.

Y allí entonces es donde se cuecen las habas y se hace la ensalada para el gusto de cada cual. Es decir, para un escritor cuya obra tiene un peso específico en la literatura, no es tan fácil llegar al público para que alcance su gloria. Por lo general, la misma obra se impone al mercado y con el tiempo se convierte en lo que está destinada a ser: una obra maestra. Por encima, incluso, de los carteles, afiches y colosales campañas publicitarias para los escritores- producto que representan a las grandes empresas editoriales.

Ya decía Borges en alguna oportunidad que “la imprenta es uno de los grandes males de nuestra época, porque hay demasiada facilidad para publicar lo que no vale la pena”. Imaginen ahora, con la facilidad de las redes y la plataforma digital, cualquier persona que quiera publicar su obra puede hacerlo; pero, ¿cuánto a diario sale a luz con la calidad que se espera? Lo cierto es que el libro induce a otros estadios emocionales del ser a través de la lectura. Y aquí Borges vuelve adelantarse con una de esas ingeniosas y memorables frases: “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”, es decir, leer definitivamente lo que a uno le gusta y lo hace feliz.

De manera que para leer, y dependiendo de cómo sea el placer de hacerlo, cualquier sitio es bueno. Solo hay que tener la disposición de hacerlo. Si lo que quiere es distraerse, cualquier página es buena al propósito. Si quiere instruirse, debe ser ambicioso en lo que escoge para tal fin; pero si lo que quiere es leer para “vivir” o “vivir” para leer, esa lectura, por supuesto, debería cambiar nuestras vidas. Hay una frase Harold Bloom en su libro “Cómo leer y por qué” muy propicia para citarla en este momento: “Hago un llamamiento a leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee”

Esa relación entre la literatura y naturaleza humana, es incómoda para quien le molesta lo que algunos libros dicen. Y allí también hay otra historia en correspondencia con la censura. Por siglos esta acción es una de las salidas más aplicadas a la conveniencia y que mutila la capacidad de discernir o acercarse a los planteamientos de quien escribe y define su obra. Por ejemplo, están los textos apócrifos que la iglesia ha censurado, pensando tal vez en que pueden desestabilizar por algún momento lo que se ha consolidado en la religión, y ojo, no me refiero solo a la católica; aquí entran todas las religiones y fanatismos posibles.

Pongo como un caso curioso la decisión de aquel califa que mandó a destruir todos los libros antiguos porque aducía que el único que importaba a la humanidad era el Corán. Otro argumento absurdo fue el del emperador de china que mandó a construir la muralla china, afirmando que la historia comenzaba con él y por ello había que destruir el pasado que estaba en los libros.

En Alemania, el 18 de octubre de 1817 en el castillo de Wartburg, cerca de Turingia, se hizo el Festival de Wartburg que no era más que una quema de aquellos libros que no tenían que ver con el espíritu alemán. Y esa fue la inspiración vinculante de los nazis para la noche triste de mayo. Fue el 10 de mayo de 1933. El régimen nazi incineró en veintiuna ciudades de Alemania una cantidad de libros cuyo número a esta fecha se desconoce.

Hay también casos en los que el ensañamiento no solo es con los libros sino con el autor. Recuerdo el caso de la escritora, Colette, cuyo nombre completo era Sidonie-Gabrielle Colette, que a principio del siglo XX revolucionó la literatura francesa con sus escandalosas novelas de bisexualidad y lesbianismo, y donde el alter ego de la escritora se manifestaba en la serie Claudine. Hubo una novela Claudine en Mènage cuya producción fue quemada en su totalidad por el esposo de una de sus amantes porque comprometía el buen nombre de su familia. Un episodio conocido y también en extremo fanático fue el de Salman Rushdie. Al escribir los Versos Satánicos, el Ayatolá Jomeini lo mandó a perseguir poniendo precio a su cabeza por considerar que la novela denigraba y atentaba contra el Islam y el Corán.

Lo cierto es que, a pesar de esos crímenes contra la historia y la humanidad, el libro sigue vivo e imponiéndose ante los hombres, y seguirá así por mucho tiempo. Y mientras existan los libros, lógicamente, también habrá lectores. Y lectores que por fortuna cada vez son más exigentes, incluso hasta con los libros de autoayuda que ya eso es otra cosa. Es válido acordarse también lo que decía Unamuno (e igual lo ratifica Stephen King en su libro Mientras Escribo) de no perder el tiempo con libros que no nos enganchen desde el principio; pero hay quienes leen incluso lo mal escrito y tomarlo como lección para no escribir así jamás. Yo –aunque a veces no resisto y abandono- me sumo en ese último lote, asumiendo quizá aquella frase de Baudelaire cuando sentenciaba “Hypocrite lecteur, mom semblante, mom frère” (Lector hipócrita, mi semejante, mi hermano) como parte de vivir lo bueno y lo malo de este mundo a través de las palabras puestas en papel.